
Hathor: la diosa egipcia del amor y la música, significado del símbolo y sus joyas
Una diosa con cuernos de vaca y un disco solar entre ellos presidía el amor, la música, la danza y la alegría, y sus templos resonaban con sistros. Para los egipcios la vaca representaba tanto la bóveda del cielo como la leche que alimenta a los vivos. Así, ternura y sustento se unieron en una sola divinidad.
Hathor es una de las figuras más antiguas y entrañables del panteón egipcio. Se la veneró durante más de tres mil años, desde las primeras dinastías hasta la época romana, y a lo largo de esos siglos reunió bajo su nombre todo un haz de sentidos: amor, belleza, música, danza, la embriaguez alegre de la fiesta, maternidad y también el recibimiento de los muertos en el umbral del otro mundo. Pocos dioses sostuvieron un círculo tan amplio de competencias, y casi siempre se trataba de la alegría de vivir y no del miedo a ella.
Esta guía repasa con calma tres cosas. Quién es Hathor y cómo reconocerla por su iconografía, de dónde surgió su culto y por qué la llamaban Señora de la Turquesa, y cómo su imagen sigue viva en las joyas: en el collar menat, en la turquesa, en el oro y en el motivo del sistro. Nos ceñiremos a lo que se sabe de la antigua religión, tratándola con respeto, y no nos burlaremos de la fe de los egipcios ni haremos pasar invenciones tardías por hechos. La diosa del amor merece un relato atento, no una versión frívola. A medida que avance la conversación quedará claro por qué sus signos encajan tan bien en una joya y suenan cálidos incluso miles de años después.
Quién es Hathor: los cuernos y el disco solar
Una mujer con cuernos de vaca y disco solar
La forma clásica de Hathor se reconoce a primera vista: una mujer esbelta con una corona de dos cuernos curvos de vaca y un disco solar posado entre ellos. Este tocado se convirtió en su firma en el arte egipcio. Los cuernos remiten a la vaca, el animal de Hathor; el disco alude al sol y al vínculo de la diosa con el dios solar Ra. A veces la corona sumaba una pluma alta o una cobra uraeus erguida, signo del poder real y divino. En las manos la diosa suele llevar un cetro y el signo de la vida, y al cuello un collar pesado del que hablaremos en detalle más abajo.
Es importante no confundir esta corona con el tocado muy parecido de la diosa Isis, que en siglos posteriores adoptó exactamente el mismo símbolo. Ayuda a distinguirlas la inscripción junto a la figura y el tema general de la escena. Cuando hoy aparecen cuernos con disco en una joya, la referencia es casi siempre a Hathor como dueña más antigua del signo, y solo después a Isis, que lo heredó.
Hathor con forma de vaca
Hathor también podía representarse por completo como una vaca, tranquila, grande, con el disco solar entre los cuernos y un collar al cuello. En esta forma es nodriza y protectora: la vaca daba a los egipcios leche, y por tanto vida, y la diosa en esta figura amparaba tanto a los vivos como a los muertos. En algunos monumentos la vaca de Hathor sale de un cañaveral de papiro o de la ladera de una montaña, para recibir a la persona en la frontera de dos mundos. Existe también una variante intermedia, en la que a una figura femenina se le dejaban orejas de vaca, un recordatorio sutil de su aspecto animal.
La vaca no era para los egipcios nada bajo ni cómico. Imaginaban el cielo como una vaca enorme cuyo cuerpo estaba sembrado de estrellas y cuyas patas se apoyaban en los cuatro puntos cardinales. Hathor era esa vaca celeste, la bóveda bajo la cual transcurre la vida. Su forma de vaca se lee por eso no como algo terrenal sino, al contrario, como una marca de la escala cósmica de la diosa.
El sistro y el collar menat como atributos
Dos objetos acompañan a Hathor más que ningún otro: el sistro y el collar menat. El sistro es una sonaja sagrada, un instrumento de mano con un marco y travesaños móviles que tintinean al agitarlo. El menat es un collar pesado de varios pisos con un contrapeso macizo, que también sonaba al agitarlo en la danza. Ambos objetos se ligan al sonido, la música y el ritmo del servicio del templo, y ambos se volvieron signos personales de la diosa. A las sacerdotisas de Hathor se las representaba precisamente con el sistro y el menat en las manos, ofreciendo a la diosa su tintineo como una ofrenda grata.
Esta naturaleza sonora distingue a Hathor de muchas otras divinidades. Su culto era ruidoso, musical, lleno de canto y de pisadas rítmicas. El sistro y el menat pasaron del templo a la simbología cotidiana y siguen siendo hoy los signos más reconocibles de la diosa de la alegría, mucho más elocuentes que un retrato solemne.
Hathor la vaca celeste y Señora del Cielo
Hathor tenía muchos títulos, y uno de los más hermosos suena como Señora del Cielo. Los egipcios la ligaban al cielo diurno, al ocaso tras el cual el sol se retira, y al mismo borde del mundo visible. Su nombre en egipcio antiguo sonaba más o menos como Hut-Hor, que significa Casa de Horus, es decir, el receptáculo celeste del halcón solar Horus. En ese nombre está cosida la idea de que la diosa es el cielo mismo, dentro del cual se mueve el sol.
De ahí nace la dualidad de su imagen. Hathor es tierna, amorosa, alegre, pero es también la señora de la inmensa bóveda celeste, una fuerza serena que contiene el sol. Esa amplitud la convierte en figura de primer rango, y no en una diosa menor y encantadora. El amor y la música no eran para los egipcios una menudencia; estaban en el centro del mundo, y los guardaba una diosa de escala cósmica.
Antes de pasar a la historia del culto conviene retener en la mente el retrato general. Hathor es la unión de la ternura y la grandeza, de la vaca y el cielo, de la caricia y el enorme espacio abierto sobre la cabeza. Respondía por aquello por lo que la gente vive: el amor, la belleza, la música, la alegría del encuentro y el cuidado sereno del prójimo. Los egipcios veían en ella no a una caprichosa patrona de los placeres sino una fuerza profunda que mantiene cálida la vida. Por eso sus símbolos encajan tan bien en una joya: hablan del lado luminoso de la existencia sin una sola nota sombría.
En la joya la imagen de Hathor obra con suavidad y sin presión. Sus signos no amenazan ni asustan; desean el bien, calor y acuerdo con uno mismo. El collar menat, la turquesa, el oro, el rostro de la diosa con orejas de vaca se leen como un deseo de amor y alegría para quien los lleva. A continuación veremos cómo se formó históricamente este lenguaje y por qué suena convincente incluso miles de años después. Cada uno de estos signos nació de un culto vivo en el que se ensalzaba a la diosa con canto y danza, y en un colgante moderno se conserva un eco de aquella fiesta.
Probarse el símbolo es más fácil de lo que parece. Hathor no exige ni una fe especial ni el conocimiento de los jeroglíficos para que sus signos funcionen. Basta con entender lo que hay tras la forma: el collar-contrapeso habla de música y de fiesta, la turquesa de la protección de viajeros y mineros, el oro de la propia diosa, a la que llamaban la Dorada. Cuando estos sentidos están claros, la joya deja de ser solo un objeto bonito y se convierte en una pequeña declaración sobre lo que le importa a una persona, comprensible y cercana sin explicación alguna.
Más abajo reuniremos estos sentidos en una imagen completa: desde el templo de Dendera y las minas de turquesa del Sinaí hasta el significado de la diosa y su lugar entre las joyas. Por el camino se verá en qué se acerca Hathor a los dioses egipcios vecinos y en qué se distingue de ellos, para no confundir sus signos y llevar exactamente lo que se quiere decir. Empecemos por su atributo más expresivo, el collar menat, que se sitúa en la frontera entre la joya y el objeto sagrado y explica mejor que nada por qué el culto de la diosa era tan musical y alegre.
El collar menat merece que nos detengamos en él. Parece un adorno, pero en esencia es instrumento y amuleto a la vez. Un pesado contrapeso, que colgaba por la espalda, equilibraba los pisos de cuentas del frente, y todo tintineaba al moverse. La sacerdotisa agitaba el menat ante la diosa, y ese sonido se tenía por grato a Hathor no menos que el aroma del incienso. De ahí la doble vida del objeto: es a la vez atavío y voz del servicio. En un colgante-menat moderno ambos sentidos se pliegan en un mismo gesto cálido.
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La historia del culto de Hathor
Dendera: el templo principal de Hathor
El corazón del culto de Hathor era la ciudad de Dendera, en el Alto Egipto, donde se alzaba su enorme complejo templario. El edificio que ha llegado hasta nosotros pertenece a la época tardía, grecorromana, pero un santuario en el lugar existía mucho antes, con raíces en la antigüedad profunda. Los muros de Dendera están cubiertos de relieves con el rostro de la diosa: su semblante con orejas de vaca corona muchas columnas y mira al que entra desde varios lados a la vez. Aquí se celebraban fiestas fastuosas, sonaba la música, avanzaban las procesiones, y todo el templo estaba dispuesto como un lugar de encuentro de la gente con la diosa de la alegría.
Especialmente famosa fue la fiesta en la que la estatua de Hathor de Dendera se llevaba en barca río arriba al encuentro de la estatua del dios Horus, de la ciudad de Edfu. Ese encuentro se concebía como una unión sagrada de dos divinidades, y se acompañaba de júbilo, canto y un banquete abundante. Tales celebraciones muestran que el culto de Hathor no era un rito sombrío sino una fiesta popular de la vida, donde la religión y la alegría no reñían sino que se fundían.
El rostro de la diosa merece una palabra aparte. A Hathor se la representaba no de perfil, como a la mayoría de los dioses egipcios, sino de frente, para que mirase al que entraba. Es un recurso raro en el arte egipcio, donde las figuras casi siempre se giran de lado. El rostro frontal de Hathor, con sus rasgos anchos, su pesada peluca y sus orejas de vaca, creaba la sensación de una presencia viva de la diosa, que recibe a la persona cara a cara. Fue ese semblante frontal el que se convirtió en su imagen más difundida: mira desde los capiteles de las columnas de Dendera, desde los mangos de los sistros, desde amuletos y espejos. En la joya el mismo recurso funciona hoy, pues un rostro vuelto hacia el espectador se lee más cálido y directo que un perfil severo.
Señora de la Turquesa y las minas del Sinaí
Uno de los títulos más elocuentes de Hathor suena como Señora de la Turquesa. A la diosa se la honraba como patrona de las minas, ante todo de las canteras de la península del Sinaí, donde los egipcios extraían turquesa y cobre. En el paraje llamado Serabit el-Jadim, entre montañas ásperas, se alzaba su templo, y los mineros, al partir hacia el peligroso desierto en busca de la piedra, pedían a Hathor protección y fortuna. Así la diosa del amor y la música resultó ser además dueña de las riquezas subterráneas, patrona de quienes extraían la piedra azul y verde.
Este vínculo no es casual. Para los egipcios la turquesa era una piedra de alegría y renovación, cuyo color azul verdoso recordaba el verdor joven y el agua fresca, la vida misma. Es lógico que la patrona de tal piedra fuera la diosa de la alegría y la belleza. De ahí la pareja firme en la simbología: Hathor y la turquesa se leen juntas, y una joya con turquesa se lee con facilidad como signo de su protección. De las piedras de la diosa hablaremos aparte más abajo.
Hathor e Isis: una fusión de imágenes
Con el paso de los siglos las imágenes de Hathor e Isis se acercaron tanto que se volvieron difíciles de distinguir. Isis, en origen diosa del poder real y de la magia, madre de Horus, adoptó poco a poco la corona de cuernos y disco solar de Hathor, y con ella muchos rasgos maternales. En los siglos tardíos es Isis quien pasa al primer plano de la religión egipcia, absorbiendo el poder y el aspecto de la diosa mayor. Hathor no desaparece por ello, pero parte de su gloria pasa a la vecina más joven.
Entender esta fusión ayuda a no confundir a las dos diosas en las joyas y en las salas de los museos. Si una figura con cuernos y disco amamanta al niño Horus, se trata más bien de Isis en su papel materno. Si la misma corona corona a una diosa de la música, la danza y la alegría, se trata de Hathor. De la segunda de ellas habla en detalle un análisis aparte sobre la diosa Isis y el panteón egipcio, donde se ve cómo se entrelazaban los papeles de las divinidades egipcias.
Hathor y el Ojo de Ra: la cara temible
La diosa tierna tenía también una segunda cara, severa. Según un mito, Ra, envejecido y airado con los hombres por su falta de respeto, envió contra ellos su Ojo justiciero con la forma de la fiera leona Sekhmet, a la que se identificaba con la faceta furiosa de Hathor. La leona se puso a exterminar a la humanidad y entró en tal frenesí que los dioses temieron por la suerte del mundo. Entonces recurrieron a una argucia: derramaron por la tierra cerveza roja, semejante a la sangre. La diosa la bebió, se embriagó, se calmó y volvió a ser la apacible Hathor, patrona de la alegría.
Este mito importa porque explica el vínculo de Hathor con la embriaguez, la música y la fiesta no como una diversión vacía, sino como una fuerza que aplaca la ira y devuelve el equilibrio al mundo. Las fiestas en su honor con bebida abundante repetían este relato: por medio de la alegría, la cólera se tornaba en clemencia. Así convivían en una sola diosa la ternura y el poder temible, y ambas caras se tenían por necesarias para el orden de las cosas.
Hathor tómenla en oro cálido con turquesa, sobre un escote suave. Ella va de alegría; el acero frío aquí sobra.
Cómo llevar a Hathor: con qué combinarlo, metal y largo de cadena
Hathor va de alegría y calor, así que el conjunto lo armo desde la luz: oro cálido, turquesa azul verdosa, una línea suave de escote. He reunido aquí lo que aconsejo a mis clientas según la ocasión.
¿Con qué llevar a Hathor a diario? Para un conjunto de diario recomiendo un colgante no muy grande con el rostro de la diosa o un colgante-menat en oro cálido, en una cadena de largo medio. Elijo un fondo liso y sereno: leche, arena, oliva, gris cálido. Sobre una tela cálida el oro suena suave y alegre, y una incrustación de turquesa añade un acento luminoso sin recargar el conjunto. Un estampado vistoso con motivo egipcio riñe, así que aconsejo mantener el fondo liso.
¿Qué metal y piedra elegir según el color de la ropa? Aconsejo mantener el metal cálido: el oro amarillo o el dorado es lo más cercano a la idea de la diosa a la que llamaban la Dorada. El acero frío aquí no lo aconsejo; apaga la alegría del símbolo. La turquesa la combino con una gama cálida: arena, crema, terracota, verde hierba. Con el azul y el verde profundo recomiendo añadir lapislázuli junto a la turquesa; entonces el conjunto se reúne en un solo acorde egipcio y no se dispersa en historias distintas.
¿Cómo elegir el largo de la cadena según el escote? El largo lo ajusto al escote. Bajo un escote suave, redondo o poco profundo, aconsejo una cadena corta de unos cuarenta y cinco centímetros; el colgante se posa en la clavícula y se lee mejor ahí. Bajo un cuello cerrado recomiendo bajar el colgante a cincuenta o cincuenta y cinco centímetros, más cerca de la parte alta del pecho. Un menat de varios pisos necesita espacio, así que bajo un colgante ancho elijo un escote abierto sin detalles de más.
¿Qué tamaño de joya componer? El tamaño lo acuerdo con la tarea. Un rostro pequeño de Hathor o un sistro de un centímetro y medio a dos lo recomiendo como signo personal callado bajo una camisa o un jersey ligero. Un colgante-menat grande de tres a cuatro centímetros lo elijo cuando el símbolo dirige todo el conjunto y se lee de lejos. Los pendientes y el anillo de turquesa los reúno en un solo tono con el colgante, para que el motivo egipcio suene entero.
¿Qué conviene para el día a día y qué para salir? Para los días de diario y un entorno sobrio elijo un colgante fino con el rostro de la diosa o un anillo de turquesa, donde el símbolo se lee como un sereno amuleto del buen ánimo. Para la noche, al contrario, recomiendo un menat grande en oro cálido con turquesa sobre un escote abierto. El oro pulido juega sobre las telas lisas, y la piedra azul verdosa cobra vida con la luz suave.

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Hathor en el arte y los templos
Hathor dejó una huella en el arte egipcio más marcada que muchos dioses, y la causa es su rostro reconocible y el amor de los egipcios por sus fiestas. Allí donde otras divinidades miran en severo perfil, Hathor mira de frente al espectador con un rostro ancho y orejas de vaca. Este recurso volvía su imagen viva y cercana, y los artesanos lo repetían de buen grado en columnas, espejos, mangos de sistros y muros de tumbas.
Columnas y capiteles hathóricos
Una marca especial de los templos de Hathor son las columnas coronadas por su rostro. La cima de una columna así se labraba con la forma de la cabeza de la diosa con orejas de vaca, y el rostro miraba a la vez a los cuatro lados, de modo que el que entraba se encontraba con la mirada de Hathor viniera de donde viniera. Sobre el rostro mismo se ponía a menudo la imagen de la puerta del templo, el naos, en alusión a la forma del sistro. A estos capiteles se los llama hathóricos, y se conservan mejor en Dendera, donde hileras de tales columnas conducen al interior del santuario. El mismo motivo aparece en Tebas y en el Sinaí, allí donde se alzaban los templos de la diosa. Una mirada directa desde lo alto de la columna convertía toda una sala en un lugar de presencia de Hathor.
Espejos con mango en forma de la diosa
Los egipcios concebían el espejo de bronce como un pequeño sol: el disco pulido y redondo repetía el disco solar de la corona de Hathor, y la propia diosa respondía por la belleza y el reflejo. Por eso el mango del espejo se fundía a menudo con la forma de su rostro con orejas de vaca, o con la de un tallo de papiro rematado por la cabeza de la diosa. Al sostener un espejo así, una mujer sostenía a la propia Hathor, patrona de la belleza, y miraba su rostro a través del signo de la diosa. No pocos espejos de esta clase han llegado hasta nosotros en las colecciones de los museos, y en ellos se ve bien cuán estrechamente estaba ligada la diosa al cuidado de una misma y a la alegría de mirar el mundo.
La vaca nodriza y las pinturas de las tumbas
Una línea aparte y conmovedora del arte es Hathor con forma de vaca amamantando a un ser humano. Del santuario de Deir el-Bahari procede una estatua de la vaca de Hathor, bajo cuyo mentón se yergue la figura de un rey pegado a la ubre: la diosa alimenta al soberano con su leche, otorgándole fuerza y vida. En las pinturas de las tumbas tebanas del Imperio Nuevo la vaca de Hathor sale a menudo de la ladera de la montaña occidental al encuentro del difunto, prometiéndole frescor y cuidado más allá del umbral. Al lado festivo de la diosa se ligan también los motivos de la vid: el techo de la tumba del noble Sennefer, en Tebas, está pintado por entero de racimos de uvas, y el vino y su ligereza embriagadora remitían a los egipcios directamente a Hathor, señora del regocijo. Así el arte guardaba a la vez sus dos caras, la nodriza y la patrona de la fiesta.
El sistro y el menat: la música como culto
El sistro: una sonaja sagrada
El sistro es un instrumento musical de mano que se convirtió en el signo principal del servicio a Hathor. Tenía el aspecto de un marco sobre un mango, a través del cual se ensartaban travesaños metálicos móviles con discos tintineantes. Al agitarlo el sistro emitía un susurro seco y sonoro, algo parecido al rumor del viento entre los juncos. El mango solía coronarlo el propio rostro de Hathor con orejas de vaca, de modo que instrumento y diosa no podían separarse. Existían dos formas principales de sistro: una con la forma de la puerta del templo, el naos, y otra con la de un arco.
El sonido del sistro se tenía por sagrado, capaz de despertar el favor de la diosa y ahuyentar las fuerzas malignas. Lo sostenían en las manos las sacerdotisas, las reinas y las mujeres nobles durante los ritos. En las joyas el motivo del sistro aparece como una alusión elegante a la música y a la propia Hathor: un colgante con forma de sistro o con su rostro en el mango se lee como signo de alegría, ritmo y ligereza. Es un caso raro en que un instrumento musical se convirtió en un símbolo joyero de pleno derecho.
Hay también en el sistro un sentido sutil, escondido en su sonido. Los egipcios creían que el susurro seco de los travesaños recordaba el rumor del viento en un cañaveral de papiro, y las marismas de papiro se tenían por el lugar donde la diosa vaca se escondía y guardaba al joven dios solar. Al agitar el sistro, la sacerdotisa parecía repetir ese susurro protector, ahuyentando el mal e invitando la clemencia de Hathor. Por eso el instrumento se sostenía tanto en los banquetes como en los ritos solemnes, donde importaba menos la melodía que el propio sonido sagrado. Un sistro pequeño en un colgante lleva en sí un eco de esta idea: un signo silencioso de alegría que además protege.
El menat: el collar-contrapeso
Ya hemos mencionado el menat, pero merece un análisis aparte, porque se sitúa en la línea entre la joya y el objeto sagrado. Es un collar pesado de muchos hilos de cuentas con un contrapeso plano y macizo que colgaba por la espalda y equilibraba la parte delantera. Llevar el menat era un privilegio, y agitarlo ante la diosa una parte del servicio. El contrapeso se adornaba a menudo con el rostro de Hathor o de una diosa leona, y por él solo se reconocía el objeto como sagrado.
En la simbología el menat lleva varios sentidos a la vez: música y ritmo, alegría y fiesta, y también la fuerza vital y la abundancia que la diosa concede a sus fieles. Se lo ofrecía tanto a los vivos como a los muertos como deseo de bienestar en este mundo y en el siguiente. Un colgante-menat moderno hereda precisamente este sentido cálido: desea a quien lo lleva amor, alegría y plenitud de vida, sin dejar de ser un signo egipcio antiguo reconocible.
Música y danza en el templo
El servicio a Hathor era, quizá, el más musical de todo el panteón egipcio. Sus fiestas se llenaban de canto, de música de sistros y arpas, del sonido rítmico del menat, de pisadas y danza. Se creía que la diosa se alegraba con ese ruido y respondía a él con su favor. Las bailarinas y cantoras de Hathor ocupaban un lugar de honor en el templo, y la música misma no era una diversión de recreo sino una forma de culto, una ofrenda igual que el pan o el incienso.
De este núcleo musical crece toda la imagen de la diosa. Hathor no presidía un amor abstracto sino el que se expresa en el canto, en la danza, en el festín común y la fiesta. Por eso sus signos hablan de una alegría viva y sonora, y no de una contemplación silenciosa. Una joya con motivos de Hathor lleva como en sí un eco de aquel viejo son, un deseo de que en la vida haya sitio para la música y el regocijo.
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El significado de Hathor
Amor y belleza
Ante todo Hathor es la diosa del amor y la belleza. A ella se dirigían en los asuntos del corazón, le pedían correspondencia, una unión feliz, acuerdo entre los enamorados. En este papel amparaba tanto el atractivo del cuerpo como el hondo apego del corazón, sin separarlos con brusquedad. Los egipcios no se avergonzaban del amor ni lo tenían por bajo, así que la diosa que respondía por él estaba alta y se la honraba con sinceridad. Llevar el signo de Hathor significaba desearse a uno mismo o a otro amor en el sentido más pleno: cálido, correspondido, que da alegría.
Alegría, música y embriaguez de fiesta
El segundo gran sentido de Hathor es la alegría en todas sus formas: el regocijo, la música, la danza, la fiesta, la leve embriaguez de un buen ánimo. La llamaban Señora del Regocijo y de la bebida, y este vínculo, como hemos visto, venía del mito del apaciguamiento de la ira mediante la bebida y el júbilo. Pero tras ello hay una idea luminosa: la alegría cura, el regocijo reconcilia, la música devuelve al mundo el equilibrio. Hathor guardaba precisamente esa fuerza curativa de la fiesta. Su signo desea no un desenfreno vacío, sino la alegría que vuelve a la persona más suave y más amable con los que la rodean.
Maternidad y feminidad
Como vaca celeste y nodriza, Hathor amparaba la maternidad, el parto y el cuidado de los recién nacidos. A ella acudían las mujeres que esperaban un hijo y las madres que criaban a sus niños. Por este lado la diosa se liga a las siete Hathor, diosas del destino que, según la creencia, aparecían junto a la cuna del recién nacido y predecían su suerte. En la imagen de la diosa la feminidad se entendía en sentido amplio, como belleza y amor y al mismo tiempo como la capacidad de dar vida, alimentar y proteger. Por eso Hathor es querida por quienes valoran el tema de la maternidad y la fuerza femenina en su sentido cálido y creador.
El parto en Egipto transcurría bajo el amparo de todo un círculo de fuerzas benignas, y Hathor estaba en su corazón. A su lado, junto al lecho de la parturienta, se invocaba a los protectores del hogar, el rechoncho Bes y la embarazada Tueris, que ahuyentaban la desgracia de la madre y el niño. Las mujeres acudían a los santuarios de Hathor con la súplica de concebir y de un parto fácil, dejaban ofrendas modestas, colgaban tablillas con una oración. La diosa del amor se prolongaba con naturalidad en la diosa del nacimiento: lo que empieza en la atracción y la ternura terminaba, para los egipcios, en la cuna, y todo este campo lo sostenía una sola Hathor.
Guía de los muertos en el Occidente
Hathor tenía también un papel en el umbral de la muerte. La llamaban Señora del Occidente, es decir, de la tierra del ocaso adonde van los muertos. En este papel la diosa recibía a las almas en la frontera del otro mundo, saliendo a su encuentro como vaca celeste desde la ladera de una montaña o desde un cañaveral, y les daba frescor, sombra y bebida para el camino. La muerte en su presencia perdía parte de su horror, pues no salía al encuentro una fuerza temible sino una nodriza amorosa. Así la diosa de la alegría acompañaba a la persona también en el último viaje, prometiéndole cuidado allí. Este rasgo muestra cuán entera era su imagen: el amor, para los egipcios, no terminaba con la vida.
Su figura particular aquí es la Señora del Sicómoro, el árbol que crecía en el borde del desierto, en la frontera de lo vivo y lo muerto. En esta imagen la diosa asomaba a medias del tronco del sicómoro y ofrecía al difunto pan y agua, sosteniéndolo en el umbral. Un árbol que da sombra y fruto en medio de la tierra seca convenía bien a una diosa cuya tarea era consolar y alimentar. Así, incluso la muerte, para los egipcios, no salía al encuentro del vacío sino de una mano tendida con bebida y comida, y por eso el Occidente, en su presencia, se concebía no como un fin sino como un tránsito bajo el amparo de una fuerza amorosa.
Reunidos los significados de Hathor, es fácil ver por qué su simbología encaja tan bien en una joya. Amor, belleza, alegría, música, maternidad, cuidado incluso más allá del umbral de la vida se pliegan en un deseo entero de calor y plenitud. A diferencia de los severos signos protectores, los de Hathor no espantan nada; desean el bien. Eso los convierte en una buena elección tanto para uno mismo como para regalar a alguien cercano, a quien se quiere desear el lado luminoso de la existencia.
A continuación hablaremos en concreto: en qué formas llega Hathor a las joyas, qué piedras y metales se ligan a ella y cómo cuidar tales objetos. La simbología de la diosa se expresa a través de varios motivos reconocibles, y conviene analizar cada uno para elegir con conciencia y no al azar.
Las siete Hathor y los papeles del destino
Hathor rara vez quedaba sola: junto a su imagen principal vivían papeles derivados en los que la diosa parecía multiplicarse y adentrarse en nuevos ámbitos de la vida. El más conocido de ellos es el de las siete Hathor, hermanas videntes que decidían la suerte de los hombres.
Las siete Hathor: hermanas videntes junto a la cuna
Según la creencia egipcia, junto al lecho de un recién nacido aparecían siete Hathor y proferían de una vez su destino, el bien y el mal que aguardaban a la persona en su camino. Se las imaginaba o como siete mujeres jóvenes con sistros y menat, o como siete vacas. En los cuentos que han llegado hasta nosotros, las siete Hathor predicen al héroe una muerte temprana o un amor desdichado, y todo el argumento se construye en torno al intento de burlar su sentencia. Tras esta imagen está la idea de que una sola diosa del amor sostiene en sus manos tanto el comienzo de la vida como su futuro, y que nacimiento y destino son inseparables. El número siete reforzaba el peso de la profecía: la palabra de una diosa se multiplicaba en siete voces.
Diosa del hechizo amoroso y los sueños
A Hathor se dirigían también en los asuntos del corazón de manera directa. En las canciones de amor conservadas en papiros y tejuelos, los enamorados llaman en su ayuda a la Dorada, es decir, a Hathor, pidiendo un encuentro y correspondencia. A la diosa se la tenía por capaz de juntar los corazones, enviar un sueño premonitorio, inclinar a la persona deseada a una ternura recíproca. Este hechizo no era brujería negra: a la señora del amor acudían por lo mismo por lo que se acude a ella también ahora, por calor, respuesta y acuerdo. En la joya este sentido se conserva como una nota callada: el signo de Hathor se llevaba también como amuleto del buen sentimiento.
Serabit el-Jadim: un templo en las montañas de la turquesa
De la turquesa de la diosa ya hemos hablado, pero su santuario del Sinaí merece una palabra aparte. En el paraje llamado Serabit el-Jadim, en lo alto entre montañas peladas, los egipcios levantaron un templo a Hathor, Señora de la Turquesa, justo junto a las minas. Aquí se enviaban expediciones difíciles en busca de piedra y cobre, y quienes participaban dejaban en el santuario estelas de piedra en agradecimiento a la diosa por la fortuna y la protección. Fue aquí, entre los mineros y escribas de una lejana frontera, donde se hallaron algunos de los ejemplos más antiguos de escritura alfabética, las llamadas inscripciones protosinaíticas. El templo de Hathor en el borde del desierto muestra cuán lejos llegaba la mano de la diosa: guardaba tanto el amor y la música de las fiestas de la capital como a las gentes del peligroso trabajo subterráneo a muchos días de viaje del Nilo.
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Hathor en las joyas
El menat como colgante-amuleto
El collar menat sigue siendo el signo más fiel de Hathor en las joyas. En su ejecución moderna rara vez se reproduce entero; más a menudo se toma el característico colgante-contrapeso con el rostro de la diosa o se estiliza la forma de varios pisos en un colgante. Tal colgante lleva el sentido de la música, la alegría y la plenitud de la vida, y el rostro de Hathor con orejas de vaca vuelve la referencia legible para quien conoce el símbolo. El menat es bueno porque tras una forma hermosa hay un sentido antiguo y benigno, agradable tanto de llevar uno mismo como de explicar al regalar.
La turquesa de Hathor
La turquesa es la piedra de Hathor por derecho, pues a la diosa la llamaban Señora de la Turquesa y patrona de las minas donde se la extraía. Una joya con turquesa se lee como signo de su protección y su alegría, sobre todo si la piedra va engastada en oro cálido o acompañada de motivos egipcios. Los egipcios apreciaban el tono azul verdoso de la turquesa como color de renovación y de vida, y junto a la imagen de la diosa suena especialmente oportuno. Un colgante, unos pendientes o un anillo de turquesa con simbología egipcia es una manera suave y luminosa de llevar el signo de Hathor sin una imagen directa de la divinidad.
El sistro y el rostro de Hathor en colgantes
El motivo del sistro y el propio rostro de la diosa con orejas de vaca llegan a las joyas como una referencia más sutil y entendida. Un colgante con forma de sistro habla de música y ritmo, y un pequeño rostro de Hathor, reconocible por las orejas y el peinado, sirve de signo personal compacto de la diosa de la alegría. Estos objetos los aprecian quienes valoran en serio la simbología egipcia y quieren llevar no un ornamento general sino una imagen concreta y legible. El rostro de Hathor se coloca a menudo en el centro de un colgante o en un sello, donde obra como un sereno amuleto del buen ánimo.
La vaca, los cuernos y el disco solar
El signo más directo de la diosa es su corona: dos cuernos curvos con un disco solar entre ellos. En las joyas este motivo se usa tanto como colgante independiente como detalle en una figura de la diosa. Se lee con fuerza y sin ambigüedad, en alusión a la vaca celeste y al vínculo de Hathor con el sol. Conviene recordar que el mismo símbolo lo lleva Isis, así que junto a otros detalles importa qué tema se compone en torno a la corona. Como signo aparte, los cuernos con disco son hermosos por su geometría limpia y su antigüedad, comprensible sin palabras para quien conoce la simbología egipcia.
Materiales y cuidado
El oro de la diosa
El oro es el metal de Hathor en el sentido más directo, pues uno de sus nombres sonaba como la Dorada. Los egipcios ligaban el cálido brillo del oro a la carne de los dioses y a la luz eterna que no se empaña, y por tanto a la propia Hathor. Una joya con su simbología en oro o dorado suena lo más fiel a la idea: el tono cálido del metal dialoga con el disco solar de su corona y con la naturaleza alegre de la diosa. El oro sostiene bien el detalle fino del rostro y los cuernos, no se oscurece con el tiempo y se posa con suavidad sobre la piel, así que para la imagen de Hathor es la primera elección.
Turquesa, lapislázuli y fayenza
De las piedras y materiales, con Hathor se liga con más firmeza la turquesa, su propia piedra. Junto a ella es oportuno el lapislázuli, una piedra de azul profundo que los egipcios apreciaban como un trozo del cielo nocturno y unían a menudo con el oro. Historia aparte es la fayenza egipcia, una cerámica esmaltada de tono azul verdoso con la que se hacían cuentas, amuletos y esos mismos collares. La fayenza repetía el color de la turquesa y era más accesible que la piedra, así que se llevaba muy ampliamente. Para una joya al espíritu de Hathor, la combinación de oro cálido con una piedra o fayenza azul verdosa es la más reconocible e históricamente fiel.
Cuidado de la joya
El cuidado depende del material. El oro es poco exigente: basta con frotarlo de vez en cuando con un paño suave y enjuagarlo en agua tibia con una gota de jabón suave. Con la turquesa es más difícil, es una piedra bastante blanda y porosa que teme la cosmética, el perfume, los productos de limpieza y el contacto prolongado con el agua. La turquesa conviene ponérsela la última, ya después de aplicar la crema y el perfume, y quitársela antes de la ducha o de la limpieza. La limpieza por ultrasonidos no se aplica a la turquesa, pues puede dañar la piedra. El lapislázuli también es blando y no le gustan los ácidos, así que igualmente se lo protege de los productos químicos. Los collares con cuentas y fayenza conviene guardarlos aparte, para que los objetos duros no rayen la superficie, y abrocharlos de modo que los hilos no se rocen.
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Hathor en la cultura y la herencia
La imagen de Hathor no quedó encerrada en las fronteras de Egipto ni murió con los faraones. Sus signos, el sonido de su sistro y la idea misma de una diosa de la alegría se extendieron por el Mediterráneo y dejaron huella en culturas ajenas.
Hathor y la Afrodita griega
Cuando los griegos conocieron a los dioses egipcios, buscaron, por costumbre, una pareja entre los suyos. Acercaron a Hathor a Afrodita, diosa del amor y la belleza, y en esa comparación hay su verdad: ambas respondían por la atracción, la ternura y la alegría de la unión. A varias ciudades egipcias ligadas a Hathor los griegos las llamaron ciudad de Afrodita. Este acercamiento no borró las diferencias, pues la diosa egipcia tenía rasgos que Afrodita no tiene en absoluto, desde la vaca celeste hasta la guía de los muertos. Pero el hecho mismo de que un pueblo extraño reconociera en Hathor a su propia diosa del amor habla de la claridad de su imagen: a una patrona del calor y la belleza se la entendía sin traducción.
El sistro como signo de alegría fuera de Egipto
El sistro, la sonaja sonora de Hathor, sobrevivió a los templos egipcios. Junto con los cultos de los dioses egipcios se extendió por el mundo mediterráneo, y su susurro seco y sonoro se oía lejos del Nilo como signo de fiesta y de alegría sagrada. Un instrumento nacido con la diosa de la música se convirtió en uno de los objetos más reconocibles de la vida egipcia, comprensible incluso donde poco se sabía de la propia Hathor. En esto la suerte del sistro se parece a la de sus signos en general: la forma sobrevivió a la fe, y el cálido sentido de alegría y ligereza quedó en ella. Por eso el motivo del sistro vive con tanta naturalidad en las joyas todavía hoy.
Psicología: por qué se elige la imagen de Hathor
Tras la elección de un signo hay casi siempre un sentimiento, y con Hathor es de una luz poco común. Su imagen atrae a quienes tienen cara la alegría como tal, no ruidosa ni ostentosa, sino cálida, musical, derramada en un día cualquiera. Una persona elige tal signo cuando quiere tener a mano un recordatorio de la ligereza, del derecho al regocijo y a la belleza sin culpa por ellos.
La segunda cuerda es la feminidad en su sentido amplio y creador. Hathor habla no de un efecto externo sino de un calor interior: del cuidado, de la suavidad materna, de la capacidad de dar y recibir amor. Su signo es más cercano a quienes valoran ese lado en sí mismos o quieren reforzarlo, para quienes importan más el acuerdo y la ternura que la fuerza de exhibición. La diosa nodriza y señora del cielo une el cuidado con la dignidad, y esta combinación se lee en su imagen sin ninguna dulzura empalagosa.
Por último, a Hathor se sienten atraídas las personas de la música y el movimiento, todas aquellas para quienes el sonido, el ritmo y la danza no son una diversión vacía sino un modo de vivir y sentir. La diosa amparaba directamente estas artes, y su sistro y su menat hablan en un lenguaje que les es propio. Al elegir el signo de Hathor, tal persona reconoce como en voz alta que la alegría, la música y el amor están en el centro de su mundo y no en su borde. En esto reside todo el secreto de la atracción de la diosa: da permiso para ser cálido y vivo, y ese permiso suena a través de milenios tan claro como en sus templos.
A quién le va y a quién se le regala
A quién le es cercana Hathor
Hathor va bien a quienes tienen cara la cara luminosa de la vida: el amor, la música, la alegría, la belleza, el calor en el trato con los cercanos. Su signo se posa bien en las personas creativas ligadas a la música, la danza y el canto, pues la diosa amparaba directamente estas artes. Es cercana también a quienes valoran el tema de la maternidad y la fuerza femenina en su sentido creador y cuidadoso. Por último, Hathor conviene a todo el que ama la simbología egipcia y busca en ella no un amuleto temible sino una imagen amable y cálida. A diferencia de los severos signos protectores, su simbología no espanta nada, así que es fácil y alegre de llevar.
Hathor de regalo
Como regalo Hathor es casi infalible, pues su sentido es un deseo de amor, alegría y plenitud de vida, y tal deseo es oportuno en casi cualquier caso. Un colgante-menat o una joya de turquesa con motivos egipcios se regala a la persona amada como signo de ternura, a una amiga como deseo de alegría, a una futura o joven madre como cálido símbolo de cuidado y fuerza femenina. Al regalo conviene añadir una breve nota con una explicación: unas palabras sobre la diosa de la música y el amor, sobre su collar y su turquesa, vuelven el objeto significativo y memorable. Tal regalo habla no de estatus sino de un deseo amable, y por eso conmueve más que una baratija cara sin sentido.
Hathor y los símbolos vecinos
El panteón egipcio está estrechamente entrelazado, y Hathor vecina con varios dioses cuyos signos es fácil confundir o, al contrario, combinar con acierto. Analicemos las tres vecindades más frecuentes, para no confundir la simbología y entender exactamente qué se lleva.
Hathor e Isis
Hathor está lo más cerca de Isis, y ya hemos visto cómo se fundieron sus imágenes. Ambas llevan la corona de cuernos con disco solar, ambas se ligan a la maternidad y el cuidado. La diferencia está en los acentos: Hathor es mayor y responde ante todo por el amor, la música y la alegría, mientras que Isis es la diosa del poder real, la magia y el amor conyugal fiel, madre y protectora de Horus. En los siglos tardíos Isis pasa al frente, absorbiendo los rasgos de la diosa mayor. Si se quiere entender esta pareja y la estructura del panteón egipcio, ayuda el análisis sobre la diosa Isis y los dioses egipcios.
Hathor y Bastet
Con la diosa gata Bastet, a Hathor la emparienta una naturaleza luminosa, femenina y alegre. Ambas amparaban el regocijo, la música, a las mujeres y la protección del hogar, ambas se ligan a las fiestas y la danza. La diferencia está en el aspecto y el elemento: Hathor es vaca, cielo y amor en sentido amplio, Bastet es gata, hogar doméstico y una protección suave pero tenaz. Ambas diosas encarnan una fuerza benigna y no temible, así que sus símbolos hacen buena compañía en el tema egipcio. De la segunda habla en detalle el análisis sobre el gato y la diosa Bastet, donde se ve cómo apreciaban los egipcios el principio femenino en su faceta cálida.
Hathor y el anj
El anj, la cruz egipcia de la vida, aparece a menudo junto a Hathor: la diosa lo sostiene en la mano como signo del don de la vida, y a los muertos en el Occidente les ofrece este mismo símbolo junto con el frescor y la bebida. El vínculo aquí es directo: Hathor da la vida y su continuación, y el anj es el propio jeroglífico de la vida. En las joyas los dos signos se combinan con facilidad; juntos se leen como un deseo de una vida viva, plena y alegre. Del signo mismo habla en detalle el análisis sobre el anj, la cruz egipcia de la vida.
La tabla de arriba reúne en una fila a los vecinos de Hathor, para que la diferencia se lea de un vistazo. Teniéndola en mente, es fácil componer un conjunto egipcio con sentido: por ejemplo, complementar un colgante de Hathor con turquesa con un anj como signo de la vida, o unirlo con la imagen de Bastet si se quiere reforzar el tema de la alegría y la protección femeninas. Los símbolos del panteón egipcio se concibieron como un solo lenguaje, y conocer sus diferencias ayuda a hablarlo con precisión, en lugar de amontonarlo todo en un ornamento general.
Conviene recordar también la otra cara de tal vecindad. Por la corona compartida, a Hathor e Isis se las confunde más a menudo, y en las tiendas se las rotula con frecuencia al azar. El sistro y el menat, al contrario, pertenecen a Hathor casi en exclusiva, así que por ellos se reconoce a la diosa con más seguridad que por la corona. El anj es neutro y conviene a cualquier figura egipcia, mientras que la gata Bastet y la vaca Hathor marcan estados de ánimo distintos: la primera más cerca del hogar, la segunda del cielo y el amor en sentido amplio. Comprendiendo estos matices, es más fácil elegir precisamente el signo que se quiere llevar, y no un motivo egipcio bonito al azar, y no hacer pasar una diosa por otra por descuido.
Desmontando confusiones
En torno a Hathor, como en torno a cualquier diosa antigua, ha crecido no poca confusión. Parte de ella viene de la mezcla con divinidades vecinas, parte de una versión superficial. Analicemos varias confusiones frecuentes con calma y al grano.
La primera confusión: que Hathor e Isis son una y la misma diosa. Sus imágenes en efecto se acercaron en siglos tardíos, y llevan la misma corona, pero históricamente son divinidades distintas de raíces distintas. Hathor es mayor y responde por el amor, la música y la alegría, Isis por el poder real, la magia y la maternidad. La fusión de rasgos no anula que al principio fueran dos figuras separadas.
La segunda confusión: que Hathor es solo una diosa de los placeres y el regocijo, una fuerza poco seria. En realidad su imagen es mucho más amplia y honda: es la vaca celeste, la señora del cielo, la patrona de las minas, la guía de los muertos. La alegría en su culto se entendía como una fuerza curativa y reconciliadora, no como un desenfreno vacío. Reducir a Hathor a una diosa de las juergas es perder la mayor parte de su sentido.
La tercera confusión: que la vaca en la imagen de la diosa es algo terrenal o cómico. Para los egipcios la vaca significaba cielo, leche y vida, y a la vaca celeste la concebían como toda la bóveda estrellada. La forma de vaca de Hathor habla no de simplicidad sino de la escala cósmica de la diosa, que alimenta y guarda el mundo.
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Datos que sorprenden
Hathor es de esas figuras en las que casi a cada paso se esconde un detalle inesperado. Estos son varios datos que cambian la mirada sobre la diosa del amor.
Primero. El nombre de Hathor en egipcio antiguo significa Casa de Horus, es decir, el receptáculo celeste del halcón solar. Resulta que la diosa es el cielo mismo, dentro del cual se mueve el sol. El tierno nombre de la señora del amor esconde una imagen cósmica de la bóveda estrellada.
Segundo. Según un mito, a la humanidad la salvó del exterminio una cerveza corriente teñida de rojo. La diosa enfurecida con forma de leona la tomó por sangre, la bebió, se embriagó y volvió a ser la apacible Hathor. Así una fiesta con bebida abundante en su honor repetía el antiguo relato del apaciguamiento de la ira con alegría.
Tercero. A Hathor se la tenía por Señora de la Turquesa y patrona de las minas del Sinaí. Los mineros, al partir en busca de piedra hacia el áspero desierto, le pedían protección, y la diosa del amor resultaba ser además dueña del peligroso trabajo subterráneo.
Cuarto. El collar menat servía a la vez de adorno y de instrumento musical. Se lo agitaba en la danza ante la diosa, y ese sonido se tenía por una ofrenda grata a ella al par que el incienso. El adorno y la oración se fundían en un mismo objeto.
Quinto. El sistro, la sonaja sagrada de Hathor, lo coronaba a menudo su propio rostro con orejas de vaca, de modo que instrumento y diosa no se podían separar. Se creía que el sonido del sistro era capaz de despertar la clemencia de la diosa y ahuyentar el mal.
Sexto. Las siete Hathor, según la creencia egipcia, aparecían junto a la cuna del recién nacido y predecían su destino. Una sola diosa parecía multiplicarse en siete hermanas videntes que decidían la suerte de la persona desde los primeros días de vida.
Séptimo. Hathor recibía a los muertos en el umbral del otro mundo como vaca celeste, saliendo a su encuentro desde la ladera de una montaña y ofreciéndoles frescor y bebida para el camino. La diosa de la alegría acompañaba a la persona incluso en la muerte, prometiéndole cuidado también allí.
Preguntas frecuentes
¿Quién es Hathor en palabras sencillas?
Hathor es una diosa del antiguo Egipto del amor, la belleza, la música, la danza y la alegría, y también de la maternidad y el cuidado. Se la representaba como una mujer con una corona de cuernos de vaca y un disco solar entre ellos, o por entero con forma de vaca. Es una de las diosas más antiguas y veneradas de Egipto, patrona del lado luminoso de la vida.
¿Qué significan los cuernos y el disco solar en la cabeza de Hathor?
Los cuernos remiten a la vaca, el animal sagrado de Hathor, y el disco solar entre ellos, al sol y al vínculo de la diosa con el dios solar Ra. Juntos forman su corona reconocible. Isis adoptó más tarde el mismo signo, así que por la sola corona a las dos diosas se las distingue por el tema de la escena y la inscripción.
¿En qué se distingue Hathor de Isis?
Hathor es mayor y responde ante todo por el amor, la música, la alegría y la maternidad. Isis es la diosa del poder real, la magia y el amor conyugal fiel, madre de Horus. En los siglos tardíos sus imágenes se fundieron, e Isis adoptó la corona y parte de los rasgos de Hathor, pero por su origen son dos diosas distintas.
¿Por qué se liga a Hathor con la turquesa?
A la diosa la llamaban Señora de la Turquesa y la honraban como patrona de las minas, ante todo de las canteras del Sinaí donde se extraía la piedra. Los egipcios ligaban el color azul verdoso de la turquesa a la renovación y la vida, lo que coincidía con la naturaleza alegre de la diosa. Por eso la turquesa se volvió su piedra, y una joya con ella se lee como signo de la protección de Hathor.
¿Qué es el collar menat?
El menat es un collar pesado de varios pisos con un contrapeso macizo que colgaba por la espalda. Era un signo personal de Hathor y a la vez un instrumento musical: se lo agitaba en la danza, y el sonido se tenía por grato a la diosa. En la simbología el menat lleva los sentidos de música, alegría, fuerza vital y abundancia.
¿A quién le conviene una joya con simbología de Hathor?
Le conviene a quienes tienen caros el amor, la música, la alegría y la belleza, a las personas creativas, y también a todo el que sienta cercano el tema de la maternidad y la fuerza femenina. El signo de Hathor no espanta nada; desea el bien, así que es fácil de llevar y oportuno de regalar a los seres queridos, a las amigas, a las futuras y jóvenes madres.
¿Se puede llevar el signo de Hathor sin creer en los dioses egipcios?
Sí. La simbología de Hathor obra como un deseo de amor, alegría y plenitud de vida al margen de las creencias religiosas. Se la puede llevar tanto como una hermosa imagen histórica como un amuleto con sentido del buen ánimo. Esto no quebranta el respeto a la antigua religión: se recurre a un patrimonio cultural, no se apropia una fe ajena.
¿Qué metal y piedra elegir para una joya de Hathor?
Lo más fiel a la idea es el oro cálido o el dorado, pues uno de los nombres de la diosa sonaba como la Dorada. De las piedras, la más cercana es la turquesa, su propia piedra, junto a la que son oportunos el lapislázuli y la fayenza egipcia azul verdosa. La combinación de oro cálido con una piedra azul verdosa es la más reconocible e históricamente fiel.
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Hathor es una diosa poco común en la que el lado luminoso de la vida está reunido casi por entero. Amor y belleza, música y danza, alegría y fiesta, maternidad y cuidado, e incluso el encuentro suave de los muertos en el umbral del otro mundo. Tras el aspecto de una vaca tierna y el son de un sistro hay una figura de escala cósmica: la bóveda del cielo, la señora del cielo, la dueña de las minas de turquesa, temible y benigna a la vez. Los egipcios la honraron durante más de tres mil años, y casi siempre se trataba de calor, no de miedo.
En la joya la imagen de Hathor obra con suavidad y bondad. El collar menat desea música y plenitud de vida, la turquesa habla de protección y renovación, el oro dialoga con el disco solar de su corona, y el rostro de la diosa con orejas de vaca sirve de sereno signo de alegría. Ninguno de estos signos espanta nada; todos se vuelven hacia el lado luminoso de la existencia. Por eso mismo la simbología de Hathor es tan fácil de llevar uno mismo y de regalar a los cercanos.
La conclusión honesta es sencilla. Hathor no exige ni una fe especial ni el conocimiento de los jeroglíficos para que sus signos suenen. Basta con entender lo que hay tras ellos: una diosa antigua para la que el amor, la música y la alegría no eran una menudencia sino el corazón del mundo. Lo que uno ponga en su collar o su turquesa, eso significará, y el sentido mayor de la diosa quedará contigo como un cálido deseo de vivir en el amor y la alegría.
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Sobre Zevira
Zevira trabaja en Albacete, España, una ciudad con una larga tradición artesana en la joyería. Hathor forma parte de nuestra colección de símbolos, donde la diosa del amor y la música convive con otros signos antiguos en los que la forma y el sentido se sostienen juntos.
Lo que se puede encontrar con nosotros en el tema egipcio:
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